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EL COSTE HUNDIDO Y LOS PLAY OFF DE LA NBA




¡Animo Pau!
Que ese 2-0 no pese el próximo partido...


Vamos con una entrada del Proyecto Florens en que retomamos el espíritu de vincular el deporte con la cuestión de la gestión empresarial. Tras haber reseñado libros (Stopper), escrito relatos (X quería correr), haber contado anécdotas personales (Un encuentro con Haile Gebreselassie) o habernos mirado el mundo desde la particular óptica de los porteros de fútbol; volvamos a la historia, pura y dura.

Me gustan los partidos de la NBA. Sobre todo, cuando llegan los play offs y los mismos equipos se pueden llegar a enfrentar hasta en siete ocasiones consecutivas, al extenuante ritmo de un partido cada dos noches.


Esta continuidad en los enfrentamientos posibilita que los mismos jugadores se vean las caras una y otra vez en la cancha de juego, teniéndose que atacar y defender mutuamente, poniéndose tapones, quitándose rebotes o machacando el aro rival tras dejar sentado al jugador contrario.

En fútbol, los jugadores de un equipo defienden a los atacantes del contrario, pero no suelen producirse duelos directos entre ellos. Raúl se las tiene que ver con la defensa del Barça y, Torres, con la del Chelsea. Sergio Ramos, por contra, se pelea con Etoo o con Ronaldinho, pero rara vez se encara con el jugador que ocupa su posición en el campo del equipo contrario. En balonmano, los jugadores de ataque y defensa son distintos y en volley o en tenis, cada cuál ocupa un espacio inviolable por el rival.

En baloncesto, sin embargo, la tensa relación de Kevin Garnett con Rashid Wallace se repite una y otra vez, ora en el aro de Boston, ora en el de Detroit. Por eso, duelos como el de LeBron con Paul Pierce, en el séptimo y último partido de las semifinales de conferencia entre Cleveland y los Celtics, pasan a la historia, viéndose lanzamientos inverosímiles que eran respondidos por fulgurantes penetraciones a las que seguía un mate rotundo o un triple demoledor.



La tensión que se vive en un partido de baloncesto, por tanto, es máxima. Y, sin embargo, los grandes y mejores profesionales son los que saben mantener la cabeza fría en los momentos más calientes del juego.

Demos cancha a un ex jugador de los San Antonio Spurs, Avery Johnson, quién señala cómo una vez, durante un partido, estaba desquiciado tras haber errado tres lanzamientos fáciles. “Tim, en pleno juego, vino hacia mí y me dejó perplejo al preguntarme: ¿qué música te gusta escuchar? Enseguida comprendí dónde quería ir a parar: lo hecho no tenía ya ninguna importancia. Abrumarme por los fallos era contraproducente.”

El Tim del que habla Avery es Tim Duncan, apodado La Esfinge, ganador de cuatro anillos de campeón de la NBA, dos veces el mejor jugador de la temporada regular (2002 y 2003) y tres veces elegido mejor jugador de las series finales (1999, 2003 y 2005).



La Esfinge no es un jugador cualquiera. Nació en las Islas Vírgenes y no empezó a jugar al baloncesto hasta que tuvo catorce años. Antes, se dedicaba a la natación, llegando a ser el mejor nadador estadounidense de 400 metros estilos de su edad. Pero un físico privilegiado le condujo al mundo de la canasta, con tanto éxito que, desde su primera campaña en el baloncesto universitario, en Wake Forest, los grandes equipos profesionales le empezaron a tirar los tejos. Sin embargo, Duncan terminó su formación universitaria: se lo había prometido a su madre, antes de que ésta muriera de cáncer, cuando él todavía era un adolescente.




Efectivamente, Tim culminó su carrera de psicología y, después, dio exitosamente el salto al baloncesto profesional. En su carrera triunfal han sido determinantes, por supuesto, sus condiciones atléticas. Pero también su cabeza bien amueblada. “Soy discreto porque pienso demasiado. Es lo que me gusta, pensar”.



Ahí es nada. Pensar. Rara vez veremos a Duncan proferir gritos histéricos después de poner un tapón o de ejecutar un mate. Nada de muecas, gestos y aspavientos. Si te muestras eufórico tras la consecución de un pequeño logro parcial, te mostrarás iracundo, decepcionado y frustrado tan un error, estando en las peores condiciones para responder positivamente cuando las cosas no estén saliendo bien. Porque llegarán las precipitaciones, los errores aún mayores, las protestas, las faltas técnicas, etcétera. Poco espectacular, sobrio y fiable, La Esfinge siempre toma la mejor decisión de las posibles.

Da igual que una noche, Duncan apenas haya metido una canasta o no haya reboteado con contundencia. A la noche siguiente, su contrincante sabe que nada de lo que pasó la víspera afectará a su juego. Y, posiblemente, será letal.



A esta forma de actuar, en el mundo de las finanzas, se le llama “coste hundido”. Los costes hundidos son aquellos que, por haberse producido, ya no pueden recuperarse y, por tanto, no deberían ser relevantes en los procesos de toma de decisiones.

Un ejemplo. Compras un paquete de acciones de la compañía Tal por un precio de 15 euros la acción. ¿Debe afectar a la decisión de venta de dicho paquete accionarial lo que te costó en su momento? Una primera intuición nos lleva a pensar que sí: si compramos por 15 y queremos hacer negocio, debemos vender siempre por encima de ese valor. ¿De acuerdo?



Pues no. Fiar la orden de venta al precio que pagaste en su momento por la adquisición de las acciones puede ser una estrategia de lo más inadecuada, como los compradores de acciones de Terra, en su momento, podrían atestiguar. Lo que hayas pagado por las acciones es un coste hundido y no debe afectar, en absoluto, a la posterior toma de decisiones sobre su venta o mantenimiento en cartera.

Es lo que empieza a pasar, por ejemplo, con el mercado de la vivienda. Hasta hace pocos meses, todo el que tenía un poco de dinero ahorrado, invertía en ladrillo, en la confianza plena de que su inversión se revalorizaría un 15-20% al año. Así, nadie dudaba en hipotecarse, con los tipos de interés muy por debajo del 5%. Pero llegó la crisis, el mercado se ralentizó, después se paró y ahora ha comenzado una decidida marcha atrás. Y mucha gente no sabe qué hacer con esas viviendas adquiridas a modo de inversión.

- Vender, claro.
- Sí. Claro. Pero ¿por cuánto?
- ¿Cuánto pides?
- Teniendo en cuenta que la casa me costó 20, y dado lo mal que están las cosas, vendo por 22. Para ganar algo. O por 20. Para no perder.
- Vale. Pero es que te ofrecen 18.
- Ya, pero yo pagué 20.
- Sí. Pero el mes que viene te ofrecerán 17.
- Ya, pero es que yo, por menos de 20, no vendo.
- Vale. Pero ¿tienes capacidad de aguante para no vender en los próximos, digamos, tres años?
- No.
- ¿Entonces? ¿Vendes por 18 hoy?
- Es que a mí me costó 20.

Y así podríamos seguir hasta el infinito.



Tim Duncan, imperturbable, nos diría que, a lo hecho, pecho. Tras perder su segundo partido de play offs contra los Lakers de Gasol en las finales de Conferencia del 2008, San Antonio arrasó a los angelinos dos días después. Sin contemplaciones. Manu Ginobili, que había fallado todos sus triples en el partido anterior, clavó cinco lanzamientos de cinco intentos, dejando sin respuesta a Kobe Bryant y los suyos.





Hay otras ocasiones, sin embargo, en que los errores y los fallos conllevan unas consecuencias tan catastróficas, que ni La Esfinge más pétrea sería capaz de permanecer imperturbable.

Aunque éste es un tema que abordaremos en un capítulo especial de este Proyecto Florens, apuntaremos un nombre: John Terry, capitán del Chelsea, un tradicionalmente popular equipo de fútbol londinense que fue comprado por un magnate petrolero ruso. Abramovich le inyectó millones y millones de euros hasta que por fin, consiguió plantarlo en la final de la Liga de Campeones.

El partido, jugado de poder a poder contra el Manchester United, terminó en tablas, de forma que la Copa de Europa del 2008 se tuvo que decidir en la tanda de penaltis, esa lotería que tantas taquicardias provoca.

En la tercera tanda, falló Cristiano Ronaldo, el crack mediático del momento. Y llegamos a la quinta y ¿definitiva? ronda de lanzamientos. Primero, el Manchester. Gol. Tras sus cinco lanzamientos, el United sólo había marcado cuatro goles. Era el turno del Chelsea, que todavía no había marrado ningún lanzamiento. Si mandaba el balón a la red, la Copa era suya. El hombre encargado de ello: John Terry, capitán del equipo y de la selección inglesa, hombre de carácter, sobrio y experimentado. Sitúa el balón en el punto fatídico, toma carrerilla, se resbala justo antes de golpear el balón... y manda el balón a las nubes.



El marcador volvió a igualarse y, en el séptimo lanzamiento, el francés Nicolás Anelka, delantero del Chelsea y uno de los mayores bluffs en la historia del fútbol, falló su penalti. El Manchester United era campeón, Ronaldo respiró tranquilo y comenzaron los problemas para un John Terry que, días después del partido, declaraba a los medios de comunicación que no podía dominar la ansiedad, que apenas dormía y que tenía continuas pesadillas con ese penalti fallado. Además, Inglaterra no se ha clasificado para la Eurocopa, por lo que el gran capitán no tendrá ocasión de redimirse hasta la próxima temporada.



¿Afectará este hecho al rendimiento futuro de John Terry? Sólo el tiempo lo dirá, pero la historia nos dice que es posible. Que depende de su psique, pero que sí. Que hay fallos que, por desgracia, marcan toda una vida. Costes hundidos que pesan como una losa, no permitiendo que quiénes han de soportarlos puedan volver a sacar la cabeza.




Costes hundidos que se transforman en un lastre de por vida. Costes hundidos que hunden a algunas personas. Porque jamás conseguirán dejarlos atrás.

El Proyecto Florens es una iniciativa de Jesús Lens y José Antonio Flores.

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PRESENTACIÓN DE KICKBOXING EN NIRVANA

A ver qué les parece la presentación de la novela “Kickboxing en Nirvana” de Christopher G. Moore, publicada por Alea y cuya “Hora cero en Phnom Penh” tanto nos gustó e impactó.

Además, Keanu Reeves va a protagonizar una versión fílmica de las historias de Vincent Calvino, así que... vayamos haciéndonos el cuerpo.



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NO ES BUENO QUE HOMBRE ESTÉ SOLO

Es la mejor conclusión que podemos sacar de un domingo atípico, peculiar y muy ilustrativo.

Volvía de correr los 18,5 kms que separan Órgiva de Lanjarón para volver nuevamente Órgiva, con buenas sensaciones en las piernas, pero cansado. Muy cansado. Mucho. Demasiado. La carrera, el sol, la calor, la falta de líquidos en el cuerpo, la solana que nos dio esperando a que arrancara un sorteo en que no pillamos nada y, sobre todo, la exigencia de cumplimentar el recorrido en un tiempo de 1,27,04 oficial, a 4,43 el kilómetro, que en mi reloj fueron 1,26,44, por mor de nuestra posición retrasada en la salida.



Venía con Javi, que me dejó en la puerta de casa a eso de las 14.15 horas, pensando, soñando y anhelando un par de vasos helados de gazpacho. Una ducha, el gazpacho y, tumbado en el sofá, pensaba terminar de leer las 150 páginas que me quedaban de “Matar y guardar la ropa”, de Carlos Salem. Quizá bloguear algo, pero, en esencia, pasarme tumbado a la bartola toda la tarde, que el fin de semana había sido intenso.



Tras despedirme de Javi, al que compadecí en silencio por tenerse que ir a comer a la calle en vez de poder quedarse en casa, echo mano de la mochila, busco las llaves donde suelo dejarlas... y no están.

- Vaya- me digo.

Busco por todos los recovecos en que no suelen estar y reviso los bolsillos del chándal... pero sé que no. Que no las he cogido. Porque rebobinando en la cabeza mi salida de casa, he recordado cómo cogía el dorsal, el chip, el reloj, la camiseta, la cartera, el bono de suscripción de El País, las gafas de sol (las otras no me harían falta para nada)... pero de las llaves no guardaba recuerdo ninguno.

Llamé a Sacai, que se me había ido a la playa, a disfrutar del soleado domingo. Que pensaba volver para las siete, justo a tiempo de irnos a Vegas del Genil, a ver las Magiaderías de MagoMigue y Santo Rodríguez.



Llamé a Paqui. Que estaba en la playa, disfrutando del soleado domingo. Mi hermano, en Andújar y yo allí, plantado en mitad de la calle, bajo un sol de justicia, deshidratado, acalorado y con el juicio nublado, cabreado, vestido (por decir algo) con un pantalón corto sudado y una camiseta, barba de tres días y la cara, quemada e incrustada con los granitos de la sal del sudor, reseco de la carrera, el sol y el viento.

Sé que podía haber llamado a algún amigo que me hubiera acogido cariñosamente en su casa, pero imponerle a nadie, a las dos y media de la tarde de un domingo, la presencia de dos fatigados metros de ser humano derrumbado y harapiento, maloliente e irritado... no me pareció ni prudente ni oportuno.

Trasladé el petate a un bar, pedí una birra y me metí en los servicios –levantado las sospechas de la pobre camarera sobre mis verdaderas intenciones en el excusado- donde me cambié el pantalón de correr por el del chándal, me lavé la cara y me aseé algo. Salí, leí IDEAL y El País de pe a pa mientras tomaba unos calamares con refrescos de cola sin calorías porque, ¡maldita sea!, no tenían agua fría, ni con gas ni sin gas. Y no estaba por labor de emborracharme, en aquellas circunstancias.

Se presumía una larga tarde. Nadal estaba jugando en París, pero, sin gafas, intentar ver la tele en el bar era una misión imposible: ni rastro de la bolita de los cojones.

Puse rumbo a Neptuno. El bar cerraba y mi presencia se estaba haciendo molesta. Las calles estaban desoladas. ¡Cosa más triste, un domingo a medio día, en la capital, cuando hace sol y calor!



A la altura del Parque de las Ciencias, las mesas de los bares adyacentes estaban llenas de familias, devorando raciones y trasegando cerveza. ¡Qué gusto, ver a tanta gente en comandita, pasándolo bien! Sacai y familia estaban tomando un rico arroz en la playa y yo allí, tirando para el Camino de Ronda, más solo que la una.

El aspecto de las calles era amenazador. Como si hubiera explotado una bomba de hidrógeno. Ni los coches se dejaban sentir. Y me obsesioné con un Blanco y Negro. Dado que me había quedado sin gazpacho, estaba dispuesto a cambiar mi reino por un café bien frío con su bola de helado.

Vagaba por las calles como alma en pena, como zombie en película de terror, sintiéndome como el elefante del cartel de Cines del Sur, absurdo y anacrónico, arrastrando mi maltrecha humanidad por las calles ardientes al son de Poniente que cantaba Radio Futura; repitiéndome a mí mismo que era tonto de baba e inoportuno al máximo, por olvidar las llaves, precisamente, un día como ése.


Hasta el Neptuno estaba desolado. Con las ganas que tenía de sentir la presencia de decenas de personas, arracimadas en el Centro Comercial, que para eso pensaba yo que se habían inventado. Para que los seres solitarios se encontraran menos solos en días como aquél.

Leí hasta la última letra de las páginas salmón de la prensa, tomando ¡por fin! un Blanco y Negro, haciendo tiempo para entrar a ver “La niebla, de Stephen King”. No había mucha gente en la sala, pero me dio igual dado que me tuve que sentar en la cuarta fila. Joder. Ser cegatón y meterse a ver una película que se llama “La niebla”, sin gafas, tiene tarea. Por un momento me puse las gafas de sol, graduadas, pero la noche eterna que se hizo en la pantalla no tenia sentido. Así que, entornando los ojos y estirando las piernas lo máximo posible, intentando que la sangre volviera a fluir con normalidad por el cuerpo, me dejé envolver por una película mágica que obró el milagro de conseguir que me olvidara del cansancio, el cabreo y los mil dolores pequeños que me invadían para centrarme en una película impresionante, excelente y asombrosa, de la que muy pronto hablaremos, largo y tendido.

A la salida me esperaba Sacai, con el coche. Fuimos a casa, una ducha y a las Magiaderías. Después, unas birras con los Álvaros, Pepe y Panchi, MagoMigue, Fina y Enrique y por fin a casa, al sofá, donde he podido estirar las piernas, aunque la solanera del día me está pasando factura y un desagradable dolor de cabeza me empieza a martillear las sienes de forma inclemente.



¡Ay!, que no pude escribir ni leer una línea de “Matar y guardar la ropa”. ¡Ay! que no es bueno que el hombre esté solo. Sobre todo, en un abrasador domingo preveraniego en que Granada está vacía y triste, como las urbanizaciones costeras en lo mas crudo del crudo invierno. ¡Ay, la cabeza!, que nos juega malas pasadas siempre y, cada vez que le la gana, nos demuestra aquel célebre aforismo según el cuál, lo domingos matan a más personas que las bombas.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

¡ESTO ES UNA FINAL!

Aunque haya empezado la Eurocopa, Nadal gane en París, Pedrosa en las motos y haya coches, la gran final, para un buen puñado de amigos, es ésta...



PD.- No dejen ver el vídeo, cuyas imágenes (casi) todos queremos que se repitan...




PD II.- Tengo el partido grabado, ergo, por favor, no digan nada sobre el segundo enfrentamiento entre Lakers y Boston.


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URGENTE: VEAN LA NIEBLA DE S. KING

Álex, gracias por el aviso. Ahora no puedo extenderme, pero... ¡¡¡dejen todo lo que están haciendo (salvo si es ir a las Magiaderías) y váyanse a ver “La Niebla de Stephen King”

Hablamos.

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DE ROCA, AL SANTUARIO, PASANDO POR LANJARÓN Y LAS MAGIADERÍAS

Ayer nos estrenamos en una cena de Estrellas. De estrellas Michelín. En un macrohotel de Monachil operaba el equipo gastronómico del restaurante La Roca, de El Ejido. Fue una cena grata, llena de platos grandes con contenidos más pequeños, pero selectos. La pena es que fueran cicateros con el vino, pero pasamos una velada de lo más agradable, con Pepe, Panchi y Álvaro, amigos del buen comer, el mejor beber y, sobre todo, del más placentero vivir.



Tartar, pichones, tosta de calamares, una aceituna con Martini (que no un Martini con aceituna) y un largo etcétera de platos que nos condujeron, después, a la Chana, a Santuario, una terraza de verano en plan ibicenco, chill out, camas, piscinas y múltiples barras al aire libre donde dimos cuenta de unos cuantos Charros Negros, entre planes de futuro, convocatorias, bromas y cachondeos.

Lo que bebimos, desde luego, era de buena calidad. Si no, ahora, sería un Ecce Homo. Sábado de relax, tranquilidad, lectura y sofá. Y haremos unos kilómetros rápidos para no perder la tensión de las piernas, anticipando un domingo que amanecerá temprano, para ir a correr a Lanjarón. Una carrera más del Circuito de Fondo de la Diputación, 18 kms. y medio con sus cuestas arriba y abajo, por parajes alpujarreños, entre el pueblo del agua y la vecina Órgiva. Y vuelta.




Supongo que aprovecharemos el viaje para tomar unas viandas típicas del lugar, con Javi y, si se quedan, algunos de Las Verdes antes de, por la tarde, pasarnos por Vegas del Genil, a ver las Magiaderías de MagoMigue y Santi Rodríguez, en la Carpa Municipal.



Un fin de semana variado, movido, distinto y no sé si singular, pero desde luego, grato, agradable, relajado y completo.

Seguimos on line.

"TIRADOR" REVOLUCIONA CINES DEL SUR

Cuando salimos del Isabel La Católica, de ver “Tirador”, en Cines del Sur, Sacai y yo nos encontramos con unos amigos. Era difícil explicarles que habíamos estado viendo una película filipina, rodada en tagalo, con subtítulos en inglés y, más abajo, en español. Sin entrar en el hecho de que la cinta está filmada en vídeo y que, por tanto, su factura no es ésa a la que siempre estamos acostumbrados. Era difícil, sobre todo, explicarles que nos había gustado, que nos había tenido amarrados a los asientos, con los ojos fijos en la pantalla y que la película, aún con sus penurias presupuestarias, estaba bien. Muy bien.



Esta mañana, muy de mañana, corrí al quiosco para comprar IDEAL. Quería saber qué le había parecido la película a David López, especialista del periódico en cines alternativos y del sur, cuya página Séptimo Vicio es una referencia a nivel internacional.

“La crudeza del filme filipino “Tirador” sacude el certamen.” Así arrancaba la estupenda reseña de David. Tan estupenda, que ganas tengo de fusilarla casi enterita. Pero bueno, les dejo el enlace para que ustedes juzguen.



Por mi parte, haciendo una analogía gastronómica, diríamos que “Tirador” es como ir a un restaurante filipino y que te pongan erizos en el menú, pero sin que les hayan quitado las púas. Erizos acompañados de medusas picosas y mantas rayas que transmiten electricidad, dada la contundencia de la propuesta fílmica filipina.

No me quedé al coloquio con el director de “Tirador”, un individuo llamado Brillante Mendoza, pero me habría gustado saber cómo afrontó la preparación de la película máxime porque, según parece, el tipo lleva filmadas siete películas en cinco años. Ésta, en concreto, transmite la sensación de que Mendoza se haya instalado en uno de los peores suburbios de Manila durante meses para conocer bien a sus habitantes, tramar amistad con ellos y, después, perfectamente encastrado en el paisaje, sacar discretamente su cámara para acompañarles en sus correrías como mudo testigo, sin juicios de valor de ningún tipo.



¿Cine documental? ¿Neorrealismo a la filipina? Por momentos, la historia del chico que debe dos letras del bicitaxi nos recuerda a películas como “Plácido” y “Ladrón de bicicletas”, sólo que, en vez de deslizarse por las vises cómica o dramática tradicionales, “Tirador” se lanza a tumba abierta hacia un tremendismo nihilista en que secuencias como la de la dentadura, sin ser truculentas, casi te obligan a esquivar la mirada de la pantalla.

A través de un reparto coral conformado por decenas de vecinos de un suburbio de Manila, auténtico protagonista de la película, y con un diseño de producción crudamente realista, la película de Brillante Mendoza es de las que sacuden conciencias y permiten al espectador occidental el reconciliarse con las cartas que, por suerte, el destino les ha repartido en el juego de la vida.


Una película que te deja decenas de imágenes grabadas en la retina: los furtivos encuentros sexuales, las peleas de gallos, las apuestas callejeras, los tirones, los robos con intimidación, peleas a pedradas... y todo el barullo y el caos de una capital caótica y enfollonada. Y, luego, el contraste con esos políticos vergonzosos que hablan de familia, Biblia y amor mientras compran los votos de la gente por un puñado de pesos.



Una película potente que, en las antípodas del cine facilón al que estamos acostumbrados, supone un ácido bocado de una realidad que no conocemos y que, sinceramente, nos cuesta trabajo comprender.

La pregunta es ¿estará en el palmarés de Cines del Sur?

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

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LA GUERRA BOLOÑESA


Una columna, la del viernes de IDEAL, que me temo no gustará a nadie... (Ni la música, en clave guerrero-porcino, con los Faith no More y su "War Pigs")

Al final, de la reforma universitaria, lo que más está trascendiendo en Granada es lo de los perros pulgosos, el encierro en las aulas liberadas -de higiene -y los enfrentamientos entre los estudiantes y el rectorado. En IDEAL, sin embargo, se vienen publicando una interesante serie de artículos sobre la cuestión boloñesa que ha puesto en punto de ebullición la parte más gallega de mi sangre.



Se dice que los gallegos, cuando tercian en una discusión, sostienen lo siguiente: “usted tiene la razón, pero al otro no le falta”. Y es lo que, me parece, pasa con esta historia. Entre los momentos más frustrantes de mi vida está aquél en que, por primera vez, entré en el despacho del letrado Eduardo Alcalde, a título de aspirante a pasante. Había terminado mi carrera de Derecho y quería ser abogado. Estuvimos charlando un rato y, casi sobre la marcha, Eduardo me puso en las manos un expediente. Un caso. Allí había demandas, contestaciones, reconvenciones, interrogatorios de preguntas, pliegos de posiciones... y todo ello me pareció un arcano indescifrable.

Sinceramente, para aspirar a convertirme en abogado, la carrera de Derecho parecía haberme servido de muy poco. Así, los profesores de los que guardo mejor recuerdo son los que nos invitaron a pensar por nosotros mismos, a razonar y a investigar. “El derecho hay que conocerlo, no recordarlo”, nos decía uno de ellos, en la antítesis de tanto altavoz parlante que se limitaba a dictar apuntes en clase.

Por desgracia, decir que la Universidad española es una fábrica de parados suena a tópico... que se acerca, y bastante, a la realidad. Por eso, llevar la Universidad a la calle, buscarle una dimensión más práctica y conseguir que los estudiantes, al salir de su facultad, no sean bichos raros, parece una reclamación con bastante lógica y sensata.



Sostienen los críticos de Bolonia, sin embargo, que las nuevas licenciaturas sólo buscan formar trabajadores prestos a incorporarse a los engranajes de un sistema ferozmente capitalista. En vez de contribuir a la formación de ciudadanos críticos e independientes, la nueva Universidad será una fábrica de producción en serie de currantes con orejeras, clónicos, sin alma ni personalidad.

Está claro que el modelo de Universidad arcaica de encerado, apuntes y lecciones magistrales no tiene sentido y que es urgente una actualización a los requerimientos de una sociedad avanzada como la del siglo XXI. Pero tampoco es razonable que los estudiantes terminen sus ciclos formativos superiores convertidos únicamente en carne de multinacional, traje, corbata y gomina.



Si hacemos caso de las enconadas posturas de unos y otros, parece que del cielo vayamos encaminados al infierno. O viceversa. Sin embargo, que los alumnos apulgarados amenacen a un Rector o propugnar que la Universidad siga siendo una fábrica de analfabetos funcionales, es inadmisible. Convertir las aulas en centros de formación de las empresas, también. Imagino que entre ambos extremos, siempre fanáticamente radicales, habrá un punto de convergencia. ¿O no?

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Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

SEMANA NEGRA CONVOCA UN ORIGINAL CONCURSO FOTOGRÁFICO



¿Recuerdan esta foto?


Pues a los amigos de Semana Negra les pareció una buena idea organizar, de forma informal y a base de boca/oído, a través de la cosa virtu-viral, un concurso improvisado de fotografía que muestre a personas, animales o cosas en una decidida e inequívoca posición, postura o ubicación lectora.

Ojo. No se trata de hacer brillantes fotos, desde un punto de vista técnico. No se trata tanto de colores, sombras y encuadres cuanto de imaginación, descaro y desparpajo a la hora a retratar la acción de leer, en cualquier lugar, en cualquier caso y en cualquier circunstancia.



Sirven, pues, las fotos hechas con diminutas cámaras digitales, con móviles, con las cámaras analógicas de entonces y hasta con las de usar y tirar más actuales.

Hagan sus fotos, pásenlas a formato digital y remítanlas a jesus-lens@telefonica.net



Las mejores, las más divertidas, curiosas, simpáticas, imaginativas, arriesgadas, estimulantes, etcétera, etcétera, nos las llevaremos en un CD, pen drive, stick pen, memoria o cualquier otro chisme parecido, para que sean impresas en papel y colgadas en un corcho, para público disfrute y regocijo de los visitantes a Semana Negra.

Para hacerlo todo más fácil, pongan como título de las fotos su nombre y un teléfono de contacto. El nombre será el único dato que aparecerá en el dorso de las fotos expuestas y dicha información servirá para comunicar a los autores que, en su caso, son ganadores de alguno de los lotes de libros que Semana Negra regalará a nuestros reporteros bibliófilos más ingeniosos.

¿Les parece bien la idea?



Pues repliquen esta entrada por webs, foros, blogs, chats, Facebooks, Tuestus y demás espacios virtuales y, sobre todo, ¡anímense a hacer fotos que sean todo un canto a la lectura! Los libros y el acto de leer se merecen este pequeño homenaje ¿no creen?

Jesús Lens.

PD I.- Recuerden los finalistas de los Premios Literarios de Semana Negra, el primer boletín de noticias y otras convocatorias para talleres y concursos literarios ...

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¡QUÉ NOS GUSTA LEER!

Que sí. Que nos gusta leer. Atentos a su pantalla amiga, para una curiosa iniciativa imaginativo-lectora que comunicaremos muy, muy en breve... y que tiene que ver con esta imagen.